Erase una tarde de verano donde el niño sudaba como un hombre que se había enterado recién que su madre tenía un amante escondido en su habitación y bajo las sabanas que lo cubrían. Sudaba el joven que se acaba de enterar que al introducirse en los hospitalarios aposentos de una mujer existía el riesgo de generar una cálida chispa de vida similar a él y diferente en el pretérito. Sudaba el hombre que descubrió que no poseía la capacidad de albergar los placeres ocultos de su mujer por más tiempo culpa de la edad y de los excesos de autoflagelacion.
Sudaba la niña al descubrir que su amado edipo tenia asquerosas uniones flirteantes con la abominable mujer que ceñia las decisiones en el hogar. Sudaba la joven al descubrir que aquel apuesto varón era para ella amor, confianza y necesidad. Sudaba la mujer al enterarse que albergaba en sus entrañas las esperanzas del joven 15 años menor de poseerla por el resto de su vida.
Sudaba el sacerdote al descubrir que su devoción por la fé no fue la solución al temor oculto de la depravación, sudaba el abogado al ver que sus exitosas mentiras serían el causal del desmembramiento con su mujer, sudaba el padre al ver que sus manos viajaban por las piernas de su primogénita.
Sude al ver que la perfección esta en todo aquello que no existe.
Sudo mi amada, pues hubo quien le entregó el dibujo de un corazón atravesado por una flecha junto a su nombre y el de ella, algún aristotélico trazó esferas concéntricas cada una de las cuales representaba cualidades humanas ordenadas según su importancia, folios enteramente pintados de rosa, ciudades futuristas con botones y pantallas por todas partes, paisajes vírgenes y exuberantes, cielos azules, figuraciones de Dios, partituras de composiciones musicales. Hubo quien impidió que llegara la mujer a la que yo esperaba, una vez más.
Aquella tarde de verano sudaron muchas personas, pero ninguna termino de sudar como tu al subir al cuarto piso.
Subiste a la hora de la comida, y en vez de doblar a la derecha al destino de tu visita, fuiste a la izquierda porque es mejor expresar el dolor con el estomago lleno que vomitar interminables lineas de dolor sin un contenido previamente digerido. Eso pensabas. Y ahí estaba yo mirando en la puerta de cristal opacado para dar un ambiente de exclusividad, a los viandantes del interior. Esperando que entrara ella quien me daría una excusa nueva del porque no deberíamos compartir en matrimonio. Antes de sentarme, expresé mis saludos a todos aquellos con quienes iba a tener la honra de compartir la sagrada hora del almuerzo, no fue mayor mi sorpresa al no ser correspondido con el saludo pues nadie me conocía ahí, eso querían aparentar, donde solo se sentaban aquellos que compartían un común interés en las acciones y los negocios aristocráticos. Ahí no tenia mono que pintar, solían decirme aquellos que me rebajan en el trato, por que a lo que a ellos respecta lo que ofrecía a tan prospera mujer representa una terrible afrenta al amor bien encaminado. Negándome a creer que los allí presentes fueran gentes de mal vivir y costumbres relajadas, faltas estas que son propias de una sociedad descreída y depravada, me quede sentado a la vista de todos. Y entraste tu.
Tomaste asiento en una mesa pegada al ventanal del comedor. Preguntaste al lustroso viandante contiguo si deseaba degustar alguna vianda contigo y te respondió negativamente, moviendo de un lado a otro su oligarquica cabeza. Me extrañé sobremanera, pues no debería haber varón capaz de resistirse a esos encantos, no había en todo el bar tragaldabas más insaciables que aquellos que por el bien de algún negocio se arrodillarían o pondrían en cuatro a su familia entera por una copa de vino con el tipo indicado y de apellido prospero, para el bien del negocio esta claro. Al rato, vino a atenderme una bella dama, ataviada con un blanco vestido caprichosamente estampado de caprichosas formas rojas, amarillas y del color del sucio ambiente. Me preguntó que iba a querer comer “Dos huevos con papás fritas”. Se deformaron aquellos vidriosos ojos que me miraban bajo la tenue luz del interior ad-hoc al cliente que necesita relajarse y beber un café a la hora de la comida antes de regresar a maletear negocios hacia el extranjero. “¿Seguro?” inquiriome la detallista señorita. Y para dejar entrever la variedad de mi gusto, le especifiqué: “Los quiero fritos”. Se quedó no muy gratamente sorprendida la señorita de mi elección culinaria y se fue encrespada hacia la cocina. Decidí no esperar más e irme y note que tu lo hacías también.
¿Acaso ambos pertenecíamos a la otra clase que no debería asomar sus narices por este tan exclusivo cuarto piso?